PRENSA

Revista DCC, A Fondo, febrero de 2010

Después de 30 años dedicándose enteramente a la docencia, esta argentina afincada en España decide saltar sin red y consagrarse sin medida a su pasión literaria. “Sólo el que arriesga gana”, nos confiesa.

“El Tacuaral” habla de la búsqueda del presente en ese pasado inconcluso que todos tenemos. ¿Contiene esta novela parte de la infancia de la autora?

No. “El Tacuaral” no es una obra autobiográfica sino de ficción y, como tal, su objetivo es inventar un mundo lo suficientemente coherente y cerrado como para que el lector crea que es real. Se trata de un mundo novelado, en el que hay que hacer convivir a algunos personajes y dejarlos actuar según sus propias reglas. Sin embargo, lo que es innegable es que una historia se construye para dar respuesta narrativa a problemas que a uno le preocupan, sean colectivos o personales, y que siempre aparecen pinceladas que apuntan a hechos vividos, como protagonista o a veces simplemente como testigo indirecto. En este caso, la novela se vertebra sobre tres elementos reales que produjeron en mí una profunda impresión: una estancia junto al Río de la Plata bordeada por un bosque de tacuaras, en la que estuve sólo una vez, cuando tenía 20 años; un cuadro de un importante pintor argentino, Ricardo Carpani, que estuvo colgado en una pared de mi casa familiar desde mi infancia; y una persona, Antonio Eugenio Orbaneja, a quien conocí en El Escorial, cuando yo tenía 37 años y estaba escribiendo el primer esbozo de la novela.

¿Qué diferencia a la literatura argentina de la española? ¿Con cuál se queda?

El arte, la filosofía y la ciencia son lenguajes universales y, por tanto, en ellos no hay nacionalidades. Estas últimas son sólo artefactos políticos que pertenecen al ámbito de las ideologías. No obstante, la literatura está determinada por la lengua, porque las posibilidades expresivas dependen de su sonoridad, su sintaxis y su vocabulario. La literatura argentina no existiría si el castellano no hubiese cruzado el Atlántico. Quizás lo que distingue a la literatura argentina, debido a que es un país de aluvión inmigratorio, son las múltiples influencias y el entrecruzamiento de culturas diversas. Vistas las cosas con perspectiva histórica, me quedo con las dos.

Ha ejercido usted la docencia en la Universidad Complutense de Madrid durante largos años antes de dedicarse por completo a la literatura. ¿No le parece que entraña demasiados riesgos? ¿Se puede vivir exclusivamente de ello?

Efectivamente, he sido profesora de Filosofía en la Universidad Complutense durante casi treinta años, en los que también estuve muy comprometida con la traducción y el ensayo filosófico, pero las instituciones tienen su propia articulación y terminan por poner un techo a la creatividad. Por eso, decidí dejar la Universidad para dedicarme a la literatura. Como es obvio, sé que no es posible vivir exclusivamente de ella, salvo que se sea un escritor consagrado, que no es mi caso, pero hice mi apuesta, porque la vida sin riesgos no tiene sentido. Después de todo, sólo el que arriesga gana.

¿Qué supuso para usted la concesión del Premio de Novela corta de los certámenes literarios de la Diputación de Cáceres?

Supuso el inicio de mi carrera literaria. Sin este Premio, mis escritos seguirían durmiendo el sueño de los inéditos. Gracias a él, comienzan a despertar.

¿Hasta qué punto es necesario y conveniente que las instituciones públicas organicen este tipo de certámenes literarios?

Que las instituciones públicas organicen este tipo de certámenes es, hoy por hoy, la única posibilidad que tienen los escritores noveles de llegar a publicar, incluso también lo es para los más veteranos. En general, las editoriales se rigen por criterios de mercado y, en la actual situación de crisis económica, este ámbito, como tantos otros, está parado. La promoción de la cultura es una necesidad social, por tanto, una obligación de estas instituciones.

Su estilo es directo y muy plástico, con diálogos ágiles que vertebran la novela en torno a sus personajes. ¿Qué modelos literarios tiene Virginia Moratiel?

Escribo literatura desde los siete años, a los doce había ganado mi primer premio en el colegio y publiqué un libro de poemas. Como le pasó a Pascal con la matemática, desde entonces mi madre me prohibió el acceso sin control a la biblioteca familiar y sólo me permitió leer las grandes obras de la literatura universal. Nunca he leído literatura basura o mediocre y prácticamente todas mis lecturas me han aportado algo. No obstante, no puedo negar que tengo grandes amores: la literatura hispanoamericana, la griega clásica y la alemana.

¿Está trabajando en un nuevo proyecto?

Actualmente estoy trabajando en el campo del relato. He terminado un libro que pretende ser una Filosofía del arte en cuentos, se titula “Artimañas. Once trampas para cazar lectores desprevenidos” y aún se encuentra sin publicar. Además, continúo escribiendo cuentos que plantean la crisis económica como trasfondo, por ejemplo, “Dubai. The fastest growing city”, y tengo bastante avanzada una serie de relatos muy breves titulada “Minificciones de la vida real”, escritas con mucha ironía.