PRENSA

Reseña de Artimañas escrita por Nerea Miravet para la Revista de estudios culturales La Torre del Virrey (Valencia, España)

Todo lector que con la sagacidad suficiente para no dejarse llevar por lugares comunes y eufemismos enlatados emprenda la tarea de navegar con asiduidad entre las páginas de un periódico o recorrer a golpe de botón izquierdo su edición electrónica, no se extrañará al comprobar que astucias, ardides y triquiñuelas resultan categorías de lo más pertinentes para condensar el sentido de las historias que allí se refieren. Embelecos para camuflar el déficit público, tretas para manipular el riesgo crediticio, estratagemas destinadas a alterar resultados deportivos y un largo etcétera nada alentador. No digamos ya si uno se aventura a utilizar estos mismos marbetes como útiles heurísticos al servicio de un intento más o menos voluntarioso de entender la propia industria de la comunicación; desde la consabida adulteración de los índices de audiencia a la mucho más sofisticada implementación del “no importa lo que seas, lo importante es cómo lo vendas”. Pasando por alto el hecho de que toda sociedad humana se ha apoyado de uno u otro modo en la simulación y la argucia, es difícilmente cuestionable que el nuestro es, más que ningún otro, el mundo de la seducción y, en tanto que así, un mundo de artimañas.

Espectadores forzosamente sensibles, pues, a aquello de que “embustes y cuentos, de uno nacen cientos”, nos acercamos a una compilación de relatos breves paradójicamente honesta desde su mismo título: Artimañas. 11 trampas para cazar lectores desprevenidos. El ardid al que nos invita su autora, Virginia Moratiel, es, sin embargo, el del engaño libremente consentido de la ficción literaria y su poder para hacernos presas de un estadio de reflexión allende lo inmediato.

De este modo, si aceptamos el desafío y nos lanzamos a una lectura intencionalmente incauta, nos veremos llevados por misterios de todo tipo, jeroglíficos, alusiones explícitas y camufladas, acrósticos y toda suerte de tretas que, en palabras de su autora, “obedecen a una emboscada fundamental, la del pensamiento, porque Artimañas es en verdad una filosofía del arte en cuentos”. Tanto es así que en honor a este estandarte sus personajes se ven arrastrados sin remisión posible más allá de umbrales, puertas doradas y límites entre mundos, animados por una curiosidad que los hace vecinos y casi hermanos pese a su disparidad. Y sus historias se desarrollan en marcos de lo más variados –distintas épocas, lugares e incluso nos atreveríamos a decir distintos niveles de realidad-, pero contienen todas ellas una apuesta a la par ontológica y epistemológica, ética y estética, social y antropológica, que compromete la tarea misma de la escritora.

Desde el placer del juego y su relación con una comprensión de la filosofía que rehúye la falsa solemnidad de lo impermeable a la diversión, los relatos nos sumergen en edificios plagados de enigmas, hallazgos histórico-artísticos desconcertantes, llamadas indiscretas a Moiras escritoras, célebres literatos reduplicados, costas gallegas devenidas portales a otros mundos e incluso bosques de barro poblados por dioses orixas. Cabría destacar muy especialmente las trampas “La flor de cristal”, “La obra perfecta” y “El gran cinema” por el modo en que, bajo diferentes registros, brilla en ellos un equilibrio encomiable entre elegancia y provocación, pero también, y tal vez sobre todo, por cómo en ellas se ponen en juego elementos centrales para el conjunto de la obra: el desbordamiento de lo verbal por parte del lenguaje; la exploración de los límites de la temporalidad; los juegos de espejos como representación plástica del entrecruzamiento entre autoconocimiento y reconocimiento; la bilateralidad de la relación entre creador y criatura; la futilidad de ciertas transgresiones en contextos en que la libertad es una conquista heredada; o la potencia cuasi divina del arte para crear un entramado de sentido autónomo en cuanto a su consistencia en frontal oposición a los valores de uso, interés, propiedad o dominio, pero inextricablemente unido al conjunto de lo existente, hasta el punto de ser firme candidato a cubrir el espacio de aquella substancia alquímica llamada a reflejar la vida misma.

No apto para lectores demasiado apegados a las mieles de lo razonable, Artimañas es una invitación a considerar la ficción como lugar donde se nos brinda la realidad. En el ejercicio de lo que la escritora se place en denominar “Idealismo mágico”, artificio y destreza combinan sus fuerzas para transportarnos a escenarios fantásticos, a veces siniestros y casi siempre sobrehumanos, que no son, a pesar de todo, sino los de nuestro mundo, solo que experimentado ahora como mundo en imágenes. Ordinario y extraordinario se intercambian incesantemente al amparo de la admonición de que ser dueño del universo conlleva no poder prescindir “del otro lado”. Empresa en la que el rock, la pintura o la investigación científica se ponen a un mismo nivel, el del encuentro con la alteridad y la superación del ensimismamiento.

El recurso reiterado al texto dentro del texto nos pone ya en la pista de lo que, como consecuencia de lo anterior, orienta la praxis literaria de esta escritora, un intento once veces reiterado de introducir nuevas dimensiones de lo real, nacido de lo que J.C, uno de sus propios personajes, podría haber llamado el “paralaje verdadero” del poeta. Un estar siempre un poco más a la derecha o a la izquierda, algo desplazado arriba o abajo, siempre un poco extrañado respecto al modo como los demás ven el mundo, que es también la invitación de la filosofía. Es así como las artimañas de Virginia Moratiel elaboran con la falta de pretenciosidad propia del juego un nexo, el que se establece entre filosofía y literatura, que es también la expresión de una circunstancia biográfica o, tal vez debiéramos decir, de una reinvención personal. Su actual dedicación a tiempo completo a la literatura no corre ajena, o al menos así se desprende de este libro, a los 30 años que dedicó al ejercicio  docente en el ámbito de la filosofía. Fruto de este haber es el reconocimiento explícito de los jóvenes románticos alemanes, Schiller, Schelling o Feuerbach como algunos de aquellos que – junto a otros como Bach, Cortázar e incluso Alaska (Olvido Gara)- la asisten en su tarea de enmascararse y desenmascararse.

Tras un flirteo con la novela corta del que es fruto El Tacuaral (El Brocense, 2010), la autoproclamada “editorial independiente” Xorki, de muy reciente creación, es la que la acompaña a la renombrada Virginia Moratiel en su nueva aventura por las veredas del relato breve. Se trata además de una obra de creación larga y discontinua, puesto que arranca como un proyecto de juventud y se concreta como una obra de madurez, a lo que debemos que la presente edición incorpore un trabajo de ilustración en absoluto accesorio.

En suma y con ánimo de no demorar más cualquier posible éxito en la invitación a su lectura, Artimañas: 11 trampas para cazar lectores desprevenidos sorprenderá a aquellos que crean saberse en su sitio, confortará a los que tengan en el arte un interlocutor continuo y enervará a quienes no puedan separarse de la confianza en una lógica demasiado férrea de lo real. Pero visto que lo que en ella se pone en marcha mediante pasiones extremas vertidas en tramas literarias no deja de ser aquello del amor (Ochún!) como prueba ontológica de la existencia de algo fuera de uno –algo que Virginia Moratiel recoge de su Arroyo de Fuego (Feuerbach)- no nos queda más que apelar al gesto amoroso como recomendación para su lectura.

Nerea Miravet Salvador
Universitat de València